La constelación del fósforo

La constelación del fósforo

de Guillermo Imsteyf

He aprendido a esquivar ciertos números. Por ejemplo, ya no me atrevo a las pizzas por monedas ni a los panchos al por mayor. Ya no guardo los fósforos quemados.

Ordeno mi cosmos con un nuevo criterio. He diseñado una estrategia. Enciendo un sahumerio ámbar para dominar el aroma de mi refugio; me atrevo a unas sales con olor a jazmín y me tomo el tiempo para un baño de inmersión.

Los objetos se reúnen en una constelación ritual: es mi ritual, son mis objetos. Un malabar por sobre el aire, invisible, familiar.

Un día llego y abro las ventanas. Lleno con un poco de frío las habitaciones silenciosas. Otro día llego y voy hacia la cocina. Voy hacia el agua, voy hacia el fuego. Al deslizar la tapa de la caja encuentro unos pocos fósforos quemados. Yo ya no guardo los fósforos quemados. Ellos son un residuo de tus cuatro días aquí.

Mi constelación se desbarata. Cerrabas los postigos al irte a dormir. Atrapabas el calor que pretendía huir hacia el patio. Controlabas la luz. Dejabas el diario sobre la mesa, te tapabas con la frazada hasta la nariz. A las doce, te dormías. Me abandonabas con mi película, con mi libro. Pero te soltabas el pelo, e hiciste dulce lo amargo. Iniciabas el día con tu noticiero y le abrías la puerta a mi regreso. Habías resuelto la cena, lavabas las verduras, hacías pesar las otras perchas.

Mi constelación se desbarataba ante la presencia de la tuya, como las galaxias al colisionar, según vimos en el planetario: el brillo estelar se esparce como una exhalación de vacío, sin embargo, las estrellas no se tocan, el polvo se saluda sin agredirse. Y luego el orden es nuevo, la constelación se modifica, el silencio es una palabra o un silencio de otra densidad. Las cosas se mueven, se limpian, como si una mano de tiempo las abofeteara.

Finalmente, el goteo cesa, y un día regreso y las llaves están sobre la mesa. Ha quedado un diario del día de ayer, una cocina sin trastos sucios. Un día el fuego me llama y está la caja para recordarme las cuatro noches, las noches en que se produjo la colisión, en que el tiempo hacía bailar las cosas, las noches del murmullo y las mañanas del noticiario.

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