Sofía es un nombre

Sofía es un nombre

de Guillermo Imsteyf

Cuando llega el momento en que nos vemos obligados a repensar la palabra «niña» para referirnos a Sofía, cuando ella ingresa en esa etapa en la que pide permisos que nos dan un poco de miedo, allí es cuando la pierdo. Se aleja de mi vista como si caminara por una callejuela muy arbolada una mañana de bruma. No puedo seguir adelante. Y ahí es también cuando te necesito.

Sofía supera el metro y medio de estatura demasiado rápidamente. Un día, nos descuidamos y en una bienvenida después del trabajo la tenemos colgada al cuello, oliendo a un perfume que ella misma eligió, con el cabello recogido de una manera que no le conocíamos y haciendo tintinear cadenitas multicolores y aros redondos.

Cuando aprende a escribir, lo primero que hace es copiar en una hoja de cuaderno aquellos versos que vos le inventabas y que ella recuerda, asombrosamente, a la perfección. Parece que los estuvo guardando para cuando pudiera ponerlos definitivamente a salvo. Y falta muy poco para que empiece a hilar sus propios versos, donde abundan nubes y perros, animales fantásticos y plantas que hablan, y donde no faltan ruedas, aros ni anillos de color azul, como si de pronto le regresaran sus garabatos de antaño, guardados en algún rincón de su brevísima y extraordinaria memoria.

A Sofía y a mí nos gusta imaginar imposibles. Miramos el techo o por la ventana, y allá va un unicornio, pero es un unicornio elefante. Sofía se ríe. Imagino que puede ver las letras, que todavía no conoce, dibujándose como vapor de aliento en el vidrio.

Sofía no llora cuando llega su primer día de escuela. Vos te preocupás y vas a una doctora, pero ella te asegura que no se trata de desamor, sino de una admirable seguridad por nuestro afecto.

Estoy seguro de que Sofía, nuestra hija, ha tenido una infancia feliz. Cuando nos abraza nos aprieta con fuerza la panza, con los puños tomados por detrás. O nos sorprende en la siesta con un beso ruidoso que sabe a canto de pájaro.

Cuando Sofía comienza el jardín, hace ya bastante que dibuja y pinta. Sus especialidades son los redondeles azules y los hoyos de acuarela. Canturrea para sí cuando se tira en el piso boca abajo a explorar el papel.

Sofía rueda por toda la casa con su triciclo. Llega hasta la cocina y te aprieta la pantorrilla con su puño menudo. Vos estás lavando los platos o sirviéndote jugo, pero te interrumpís y te inclinás hacia ella y le das una galleta y un beso en la frente. Sofía pega la vuelta, pedalea en un vaivén de colores con sus colitas y sus cabellos al aire, y va hacia el escritorio, donde estoy yo. Aprieta mi pantorrilla con su puño menudo y yo me interrumpo para obsequiarle una sonrisa de bienvenida que ella paga con la mitad de su galleta.

Sofía aprende a caminar antes de gatear, y es que vos salís todo el tiempo a la calle y ella quiere atraparte antes de que te le escapes. Podemos decir que los primeros pasos de Sofía son por desesperación.

Sofía llora por cólicos, como es debido, o para que escurramos su nariz, pero nunca por aburrimiento. La hemos acostumbrado a mecerse en la música. Leímos por ahí que un bebé que oye música se apacigua, se divierte, llora poco, es feliz. Vos le das a oír jazz y bossa nova. Yo le pongo algo de indie y trova. Solemos, vos y yo, inventarle versos desde que despierta hasta que se duerme. En realidad, vos le inventás más poesía que yo. A mí me gustan más los cuentos en prosa.

Vos decís que «Sofía» te parece un nombre demasiado común, que todos los de nuestra generación lo están eligiendo para sus hijas. Y te da un poco de bronca que ese nombre te guste. A mí también me gusta. Vos no creés en las casualidades, entonces cuando sentís la primera contracción y sabés que hoy es el día, y camino a la clínica te cruzás con dos o tres señales ―una revista, una foto de aquella actriz de cine, una calle, una enfermera―, terminás de convencerte de que este es el nombre.

Cuando te enterás de que estás esperando a Sofía, no venís enseguida a decirme. No sentís que haya una única posibilidad. No estamos juntos, y venir a buscarme por esa razón te enoja. Según pensás, yo puedo decirte mil cosas sobre la noticia que me traés, pero, al fin, cuando me la decís, solo te digo una.

Yo tuve un amor que se llamaba Sofía, pero no era un amor de verdad. Era como esos amores que solo son palabras, en realidad, imágenes que buscan palabras para ser. Habrá nacido de algún programa de tele, una nena que me gustó, una maestra. Cuando te cuento esta historia, a vos te parece una anécdota inoportuna. Creo que creés que te estoy proponiendo algo y te asustás. Te vas, y yo estoy casi convencido de que no voy a volver a verte.

Vimos «Matrimonio a la italiana» de pura casualidad. Veníamos caminando por el empedrado de Defensa y nos pintó meternos en una salita que pasaba películas viejas. Nos tropezamos con el póster, nos miramos entre nosotros y nos mandamos. Salimos enamorados de Sofía y su Filomena de vestido rojo y pulseras de oro.

Voy cruzando Calabria, o Dellepiane, y cuando te veo en la puerta del Museo de la Cárcova, vos ya me estás mirando. Me llama un poco la atención porque no me acuerdo de vos. Pero vos sí te acordás de mí. Te reís. «Algo muy grave va a suceder en este pueblo», me decís. Ahí me acuerdo. Qué linda coincidencia.

Fue bueno salir después de tanto, dar una vuelta, ir a la plaza. Pienso en la chica que conocí hoy, la del libro. Fui un poco pedante, quise comenzar la conversación mencionándole algo de lo que ella leía, pero no sé si me entendió. Fui torpe. Pero se rio. Y charlamos un rato.

Estás leyendo un libro de tapa amarilla, es fácil darse cuenta de que es de García Márquez porque lo tiene escrito en letras muy grandes y puedo distinguirlo incluso desde acá. Estás sentada sobre el pasto, con las piernas cruzadas, una mano está sobre la rodilla y la otra sostiene el libro. Yo leí ese libro, y me acuerdo de uno de los cuentos. Pienso usarlo como argumento para comenzar la conversación. «Hola», te digo. A continuación, te cito la primera frase del cuento y con ese intercambio nos conocemos: vos me das tu nombre, yo mi presagio.

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