Quizás

Quizás

de Guillermo Imsteyf

La lengua naranja del atardecer lamía kilómetros a lo largo y alrededor de aquella planicie desértica demasiado extensa. Sentados él y yo estábamos sobre una columna de caliza, erosionada y alta, que nos convertía en vigías de la arena. El sol distaba aún de tocar la línea, pero se acercaba rápidamente. Aunque extraviara su silueta detrás de aquella atmósfera, bien sabíamos que era el sol quien sumergía el mundo en aquel color longevo y ardiente. A lo lejos, atrapaban nuestras miradas las oscuras nubes que convertían en sombra su paso hacia nosotros y el gris torbellino que violentaba el polvo del paisaje.

Alternaba yo mi observación entre todo aquello y él, cuyos ojos brillaban como si estuviese llorando, aunque todavía ninguna lágrima recorriera sus mejillas. Aun cuando el viento silbara en la cuenca de nuestros oídos, había silencio. No me atreví a quebrarlo y así permanecimos largo rato hasta que una estrella de metal que aumentó su tamaño raudamente irrumpió en el ya no más celeste infinito.

Lo habíamos estado esperando. El ave hizo pie frente a nuestros cuerpos insignificantes sobre la misma columna de roca. Volví a él para comprobar que permanecía inmutable, como si nada ni nadie hubiese perturbado el instante.

Velozmente, como si no quedara tiempo, un hombre que vestía uniforme negro con charreteras de neón y que sostenía su gorra con la mano para que el viento no se la arrebatara, se acercó corriendo.

Estaba yo levantándome y sacudiendo mi pantalón cuando dijo con voz grave, sin mirarme siquiera:

―No.

―Pero papá... esta es la última.

El horizonte había ya sucumbido a la esfera boreal.

―Oiga ―dijo el hombre de la gorra―, la tormenta no tardará y en cuestión de segundos esto se reducirá a un mar de ácido.

Mi padre nunca volvió a utilizar su aliento para otra palabra. El hombre de la gorra se fue y la nave nos abandonó tras obsequiarnos su réquiem de acero.

Bajé la mirada hacia mis dedos sucios y yertos. Estaba aterrorizado y ni siquiera me era dado temblar. Volví a los remolinos. Estaba confundido.

Quizás fuese la última lluvia. Al fin, victorioso sobre mi odio y mi pudor, me atreví a los ojos de mi padre: dos cristales perfectos buscando repeler con su reflejo el paso pertinaz de un mal presunto y secreto que se retorcía en el vientre de aquellas nubes oscuras.

* * *

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