Nocturnidad
de Guillermo Imsteyf
Durante la
noche
los sonidos
se apartan
se desenhebra
el estrecho
vínculo
entre objeto
y percepción.
La noche
es una
multitud de sonidos
graves,
musicales.
La noche
murmura en un
siseo bajo
que estremece
un poco la piel
acaricia.
La noche
anuda el
tiempo.
El tiempo
es una
especie de obcecación
un hilo que
se trenza
conforme los
días
recto como la
luz
con una punta
allá
vaya uno a
saber dónde
y la otra acá.
Ese orden
parece
inevitable
hasta que
llega la noche.
La noche
toma la punta
del tiempo
la lleva un
poco atrás
le da vueltas
sobre sí.
El presente ―finalmente―
queda atado
al pasado
durante la
noche.
Suceden así
cosas
extraordinarias.
Se puede
asomar
la vista por
la ventana
y al otro
lado del cristal
hallar a un
niño
mirando
curioso.
El niño que a
mí me mira
tiene un
bocadillo en la mano
y viste
cuadrillé.
No existe ―por
supuesto― ese niño
más que en mi
pasado
pero la noche
lo trae a mi
ventana.
Los sentidos
se abren como
poros
durante la
noche.
El corazón
no se cansa
de respirar
azares ni
rutinas.
Se puede
estar
toda la noche
frente al mar
observando el
terco vaivén del agua
la luna en
rodajas
el parpadeo
de un barco
que levita y
vigila.
La noche
habla la
lengua de los espejos
claras,
suaves
se recortan
las voces
en el aire de
la noche.
Es tan lindo
sentirse
adormecido
vacilar como
un equilibrista
sobre el filo
entre el
sueño y la certeza.
A cada luz le
nacen puntas
―un carnaval
de luciérnagas
detenidas en
el éter―.
Se puede capturar
el recuerdo
con la palma
de una mano
y volver a
visitarlo
y entonces
todos los lugares
están aquí.
Cuidado que
la noche
no es una
constelación
es más bien
un abismo
cuidado que la
noche
no es una
afirmación
sino un
crucigrama.
Si se indaga
la noche
―si se la
penetra―
ha de estarse
bien anclado al alma
llevarla
pegadita a la piel
tomarla de la
mano
porque así como
cautiva
y fascina ―la
noche―
ante el menor
descuido
extiende su
mano azul oscura
convida una
incógnita
y bebe de tu
más íntimo secreto
hasta dejarte
inmóvil
y
transparente.
* * *
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