Fractal 10
de Guillermo Imsteyf
Me gusta
cambiar el sentido a las cosas, me gusta percibirlas por donde no se debe. Por
ejemplo, me inclino a decir del grito que es celeste o que la orquídea sabe a
palo de lluvia. Un poco sin querer. Supongo que el abrazo esconde la causa.
Me distraje
con la ventana, tal vez, o con el frío. Todo era muy sencillo hasta allí,
tiempo de oír las cosas que reverberan, de ver lo que se invierte en la pupila.
Pero desprecié la última imagen que me obsequiaban dentro del poco espacio que
todavía queda para las imágenes finales y acabó la época de bonanza sensorial. Luego
no fue lo mismo aproximarse a nada que estuviese muerto, como un hueco, o vivo,
como un retazo de jalea.
Por qué me
perdí de aquel obsequio a cambio de morder la sábana, a cambio de tocarme el
ombligo, de pestañear dos veces o frotarme el brazo para quitarme el invierno…
no lo sé. Tal vez si me hubiese dicho que aquella era la última, que había
decidido, no sé, o esto, o lo otro, hubiese actuado en consecuencia. Eso es lo
que he perdido. La consecuencia de tocar es quemarse y la de contemplar,
aterrarse.
Pero no. Se
reservó el secreto. No abrió la boca, apenas la puerta ―o mucho la puerta,
sinceramente no sé― y partió llevándose consigo un misterio que sabe a… que
sabe a… ¿Cúpula? ¿Aguja? ¿Broche en el cabello?
Desde
entonces, rememorar su partida me duele en azul verdoso, en higo en el yeso y,
un poco menos, en cartón corrugado.
El agua me
ayuda, menos mal. Cuando me sumerjo el tiempo suficiente, el universo se
reacomoda. Y lo grave vuelve a golpear el vientre y lo blanco a cegar y las
voces a perderse. Luego debe llegar el momento de salir, de arroparse. Pero yo
me quedo un rato más ahí, levitando en el líquido, arrugándome, postergando el
regreso al mundo seco, a la toalla, al espejo, a las antenas.
* * *
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