Equilibrio sobre el cordón de la vereda

 

Equilibrio sobre el cordón de la vereda

de Guillermo Imsteyf

Cuando estoy solo y un poco aburrido, me gusta ganarme la vida como equilibrista. Los que pliegan la lona y engordan el buche de las fieras a menudo olvidan colocar la red por debajo de mis pies, pero no importa. Qué puede hacerse. La función ha dado inicio y el público brama su ansiedad.

Suelo despertar del letargo con que el vértigo anestesia el sentido, cuando la uña de la linterna desgarra mi rostro. El anfitrión me apura con las cejas torcidas como su sombrero de perita.

La écuyère, de quien estoy enamorado, me custodia entre las sombras. Tiene las manos anudadas al pecho. Su piel brilla en sudor pues acaba de finalizar su número. Tiembla, junto a las plumas sobre su cabeza.

Todos estamos enamorados de la écuyère. La ley de nuestra comunidad sugiere enamorarse de ella, que es una mujer sin nombre, que tiene la mitad del cuerpo dormido por las acrobacias y la otra mitad sumergida en talco de bebé. Huele a hule, o… hule a huele.

La écuyère anuda las manos por cualquier motivo. La semana pasada fue debido al tropiezo del enano gruñón con la palangana de pulgas amaestradas. Estuvo resfriado tres días. Cuando se recuperó, recién ahí la écuyère desató sus manos. Ella no habla, aunque sonríe por pequeñeces. Pero basta de la écuyère.

De mí está enamorada la mujer con barba. Me mira por detrás del vello y no sé si me sonríe. Lo más que podemos hacer con su dentadura es imaginarla, pues la oímos triturar el maíz. Otro ser sin voz. Otro ser que sólo es risa. Aunque también llora, pero únicamente en su habitación y pasadas las doce.

El gordo Salcedo es, a su debido tiempo, el payaso Salcedo. Tiene cuatro o cinco números mediocres, pero uno fantástico. Por compromiso profesional no puedo revelar detalles acerca de su magnífica obra, en cambio estoy seguro de que no le importaría si yo hablase de sus números grises. El peor de todos es aquél donde engulle un balón de playa y lo empalaga de aire una vez en su estómago. Y peor que ese, que es el peor sin dudas, es aquél donde elige entre el público la cabellera de algún desprevenido para serrucharla con hoja de gomaeva. Número condenado al fracaso pues el barrendero de la carpa, calvo él, se queda siempre dormido sobre la pila de heno y olvida colocarse en el lugar de la grada donde va a buscarlo el payaso Salcedo, que termina eligiendo a un sujeto tan incrédulo como desconocido. Y que muy por lo general no lleva peluca.

El mejor momento en la vida de todos nosotros es, sin el menor atisbo de duda, cuando la bruma del ocaso corona el palo mayor. El anfitrión invita con sidra añeja y el enano sopla la trompeta de madera que le talló el barrendero. Si hace calor, el fiel gregario de Salcedo quita al mono de su jaula y lo convida al organillo, entonces la contorsionista baila con un pie desnudo sobre el aserrín mientras con el dedo gordo del otro se rasca allí donde siempre le pica. En la nariz.

Los primos trapecistas menguan su protagonismo y se limitan a sumar groserías y a cercenar quesos y pan.

Hemos de ser nosotros por siempre. Nuestro destino no se reserva a ningún otro destino; no habrán de nacer nuevos remolinos en el seno de nuestra fraternidad. Hemos de ser nosotros por siempre, sin saber muy bien cómo llegamos hasta aquí.

Es según el sitio que nos hospeda, el cielo que nos cobija. En cercanía de las costas, la neblina es un fantasma seduciendo la corona de bombillas anaranjadas. Si, en cambio, la planicie es nuestra patria, el polvo reseco se convierte en aliento. Una vez visitamos el bosque y la aurora se deshizo en resplandor de ceniza.

Cuando amanece, todo es bien distinto. La panza de la barbuda nos despierta con un cacareo tenebroso. No hay luz siquiera en los charcos a los que el enano aporta con su saliva. Apenas si existe la vida en los ojos de la écuyère, que no ha podido dormir, anudando y desanudando. Nunca sorprende la artemisa su rosario de murmullos.

El anfitrión se yergue sobre la arena e inaugura el mal humor. Reparte órdenes que nadie atiende, sólo el gregario que, por deformación profesional, se ve afectado a preparar el desayuno.

La tarde arriba con puntualidad inquietante. Las bombillas se han encendido sobre el proscenio y el ritual se teje en progresión matemática. La sonrisa esmaltada del maestro de ceremonias, el prólogo batiéndose preciso bajo sus crines. Salcedo, como payaso, inflándose la barriga; los primos en su uniforme de plata dejándose ver y luego desapareciendo en el oscuro vientre de la carpa. Vuelta de Salcedo, esta vez con su falso serrucho, mascullando una secreta maldición hacia el barrendero. Finalmente, la écuyère, sonriéndole al público lo que es incapaz de sonreír a quienes la amamos. Su número de saltos entre aros en llamas, la danza simétrica sobre las patas traseras de su unicornio.

Tras el alboroto de aplausos, mi pálida figura abrazada al vértigo de una columna que me resulta cada vez más alta y vibrante. La uña de la linterna. Mi vara de goma agitándose en arcos, el cable sobre el que habré de avanzar hacia un destino que se pierde en la penumbra.

Voy a obsequiarme al helado vacío, a desafiar otra vez la tácita regla de los objetos y el planeta cuando digo que ya está, ya me desaburrí. Me bajo del cordón de la vereda porque allá viene el ciento veintiséis.

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